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La Coctelera

La simulación cultural

El contraste es bastante claro, y desalentador: mientras cientos, miles de escritores buscan publicar sus obras y encontrar así a sus lectores, los nuevos ricos compran libros por metro (¡!), de lindo lomo, con el solo fin de decorar el living con una biblioteca que avale la supuesta cultura de los dueños de casa. Mientras cientos, miles de artistas se ven impedidos de desarrollar su obra por la necesidad de parar la olla con cualquier empleo mal pago y de nula demanda creativa, muchos habitantes de los barrios altos encargan enormes retratos de sí mismos, para poner sobre la chimenea, realizados como chorizos a 2.000 dólares la unidad por algún pintor de moda, que debe poner sus habilidades en función del gusto de estos burgueses que seguramente no comprarían una obra genuina de cualquier otro artista.
Con la definición de “simulacro cultural”, la socióloga Ana Wortman (Página/12, 8/6) caracteriza un fenómeno de gran actualidad por el cual un sector de la burguesía se muestra ávida por realizar consumos pseudo culturales que les permitan legitimarse como clase superior. “Las clases altas recientes –dice Wortman-, para ocupar un lugar de poder necesitan un barniz de legitimación simbólica. Quieren demostrar al resto de la sociedad que no las legitima solamente el dinero.” “En estas burguesías (...) hay poco tiempo para dedicarle a formarse y acumular un capital cultural. Incorporan la cultura en pastillas, rápidamente, como en un simulacro, cuando en realidad no han formado el gusto. El gusto se forma a largo plazo, y ellos no tienen tiempo, tienen que entrenarse para competir en la empresa...”
La simulación abarca también a diversos espectáculos, con precios de entrada excluyentes para cualquier persona de ingresos medios o bajos, que se llevan a cabo en hoteles de lujo o de manera privada, en residencias o barrios cerrados. “Es la idea de fundar un lugar inclusivo y excluyente para el resto de la sociedad –analiza Wortman-. Antes la gente salía a la calle, existía la posibilidad de cruzarse. Y ahora lo que prima es excluir, ir hacia atrás en la historia hacia una especie de refeudalización.”
El esquema “cultural” de los nuevos burgueses se completa con algunas propuestas casi risueñas, que refleja Página/12 (ídem) en una nota sobre este tipo de consumos: en el Hotel Faena, de Puerto Madero, por ejemplo, se ofrece un servicio de filmación por medio del cual cualquier ricachón que ponga los 8.000 dólares necesarios puede ser el protagonista de su propia película. Se trata de films por encargo, con una semana de rodaje, en base a un guión elegido por el interesado entre varios propuestos. Basura.
Son todas variantes de la nueva “cultura” burguesa, que reflejan la clara tendencia de la propia clase que la genera. Su absoluta decadencia.

Ernesto Thuta

Cien años de Antonio Berni

Por Ernesto Thuta

Un 14 de mayo de hace cien años (1905) nacía Antonio Berni, el más importante artista político de la Argentina.
El centenario es motivo de distintas muestras de su obra en Buenos Aires y en Rosario, su ciudad natal; de sendos libros y artículos publicados en diversos medios, referidos a su biografía y su producción; e incluso ha llevado a la conformación de una Comisión Centenario Berni, de carácter gubernamental, orientada a llevar a cabo una serie de actividades de homenaje al artista, que incluyen la propuesta de bautizar con su nombre alguna calle de la ciudad de Buenos Aires.
La figura de Berni (máximo referente del “arte comprometido” en el país) se enfrenta hoy (y desde hace tiempo) con un proyecto de “canonización” destinado a ubicarlo en el lugar del pintor argentino más importante del siglo XX. Lo cual plantea, sin lugar a dudas, una serie de debates y contradicciones. Mientras que Berni planteaba al arte (por lo menos en una época) como arma para la revolución, hoy su obra ha sido asimilada por el establishment artístico, e incluso una de sus pinturas (Desocupados) ha batido el récord de precio para un artista argentino, al comprarla el banquero Eduardo Costantini por 800.000 dólares.
Sin embargo, al arte oficial no le resulta tan fácil apropiarse de Berni y digerir el sentido crítico de gran parte de su obra.

Arte político

Una característica fundamental de Berni era (es) su carácter de artista político, más allá de que él mismo decía que “todo arte y todo artista son, en última instancia, políticos”, y que “todo arte admite también una lectura política”. “En mi caso –decía-, lo reconozco, pienso que la lectura política de mi obra es fundamental, que no se la puede dejar de lado, y que si se la deja, no puede ser comprendida a fondo; es más, creo que una mera lectura esteticista de mi obra sería una traición.”
Berni nace en Rosario en 1905, en el seno de una familia inmigrante. A los 12 años su padre, observando que su hijo no paraba de hacer dibujos en cualquier papel que encontrara, lo inscribe en una escuela de arte. A los 17 años realiza su primera exposición en una galería de Rosario, y a los 20 el Jockey Club (¡!) de su ciudad le otorga una beca para viajar a Europa, donde realiza un descubrimiento clave en su vida: el surrealismo. Ya en 1965, en una entrevista en la revista Primera Plana recordaba: “Por primera vez, junto al surrealismo, me sentí contemporáneo; ya no se trataba de ir descubriendo un mundo de fenómenos estéticos, para ponerme al día (en referencia a la vorágine de las vanguardias), sino de encontrarme conmigo mismo”. Por medio del surrealismo Berni se apropiará de la pintura de una manera completamente nueva, tanto como expresión más profunda del yo (el subconsciente) como en su proyección social, política. En París conoce a los máximos representantes del movimiento surrealista, como André Breton, Louis Aragon, Max Ernst, Salvador Dalí, Giorgio de Chirico; muchos de ellos directamente vinculados con organizaciones de izquierda. Es el caso de Aragon (referente del stalinismo), quien lo introducirá en las filas del Partido Comunista, con el cual Berni quedará vinculado, con mayor o menor intensidad, hasta el fin de sus días.
Su regreso a la Argentina en plena crisis de 1930 lo enfrenta a un cuadro de debacle económica y descomposición social, circunstancia que agudiza en su obra la tendencia “testimonial-realista”, propiciada por el PC, en desmedro de un planteo creativo más rico, alejándose del surrealismo (que sin embargo nunca dejará de influenciarlo) y de las vanguardias en general. En este tiempo se fortalece su adhesión al stalinismo y, en principio, a los preceptos estéticos agrupados en el llamado “Realismo Socialista”, de marcado corte conservador y reaccionario frente a la evolución del arte en ese momento (cubismo, abstracción, surrealismo). Esto lo lleva a desarrollar una pintura disminuida desde el punto de vista expresivo, lo que puede observarse en sus obras Desocupados y Manifestación, cuyo mayor atractivo es su tamaño monumental y su “funcionalidad” como objetos de denuncia (aunque cierta pasividad de los personajes, sobre todo en Desocupados, daría lugar a un debate al respecto).
Tiempo después, también Berni se pronunciará contra el Realismo Socialista, considerándolo “una desgraciada compaginación del peor academicismo formal con una chata significación que no superó nunca las ilustraciones vulgarizadas tipo dibujo animado, de las revistas comerciales alienantes”.
En toda la etapa de la primera madurez de Berni (hasta mediados de 1950, aproximadamente) se observa una continuidad de contradicciones. Por un lado, las necesidades expresivas del artista (y sus inmensas posibilidades, dado su gran talento), versus un aparato político-ideológico (stalinista) que lo condiciona permanentemente. Por otro lado, de alguna manera parece resignar su independencia artístico-política tras las mieles del “arte oficial”, distribuidas sobre todo desde los Salones Nacionales: mientras que en 1935 Desocupados es rechazada por el jurado del Salón Nacional, ya en 1940 se le confiere el primer premio de ese mismo certamen por una obra (Figura) despojada de contenido “social”, y el Museo Nacional de Bellas Artes le compra Primeros pasos (también una obra acrítica). “Bendecido por una ristra de premios y adquisiciones, la popularidad de Berni se extiende a amplios sectores, en buena parte sostenida por grupos económicos afines a las políticas conciliadoras del PC”, analiza la revista Cultura (marzo 2005).
Lo cierto es que, a mediados de 1950, hubiese sido difícil prever que el pincel de este artista “reconocido” y “valorado” (¿”comprado”?) por la escena del arte oficial daría lugar, en las dos décadas siguientes, a una obra invalorable desde el punto de vista del arte como elemento de crítica social.

Nuevas vanguardias

A comienzos de la década de 1960, en sintonía con el ambiente político-social del momento (determinado por el influjo de la triunfante revolución cubana, la creciente industrialización y proletarización, el fortalecimiento del clasismo), Berni confirma un viraje clave en sus creaciones, acompañando el auge de los movimientos artísticos de vanguardia, que desarrollaban desde lo estético y lo simbólico las tendencias revolucionarias planteadas en lo político. Abandona así muchas de sus viejas posiciones stalinistas, y comienza a asumir mayores “riesgos” desde un punto de vista artístico.
Berni, que para entonces era un pintor “acomodado”, incorpora en sus pinturas nuevas técnicas y materiales, abandona progresivamente el acartonado realismo, y se involucra en nuevas temáticas, más urbanas, que reflejan los cambios producidos en la sociedad, sobre todo con el surgimiento de las villas y de una marginalidad creciente, como producto de la migración masiva desde el interior a las ciudades (particularmente Buenos Aires y Rosario, cuna del pintor). De este escenario surgen dos personajes que darán una especial fuerza a sus obras: Juanito Laguna y Ramona Montiel. Un niño villero y una prostituta, respectivamente, cada uno con su historia, reflejada en una diversidad de pinturas y, de manera destacada, collages y grabados, de una calidad técnica y expresiva impresionantes.
Hasta su muerte, en 1981, Berni no dejará de experimentar con distintos tipos de materiales, sobre todo de desecho, con los cuales dará vida al entorno degradado, de basural, de sus personajes.
Y aquí encontramos al mejor Berni, desatada ya su creatividad, sostenida por una gran destreza, para llevar al lenguaje del arte posiciones políticas de crítica y denuncia, encarnando el espíritu de una época de grandes luchas y grandes transformaciones.

Ernesto Thuta

ArteBA: el arte como bussines

Del 20 al 25 de mayo se realizó en el predio de La Rural, en Buenos Aires, la edición 2005 de ArteBA, que es desde hace varios años, por su trascendencia y extensión, el evento más importante de las artes en la Argentina.
Vale dejar en claro desde un principio que no se trata de una mega-exposición, ni de una Bienal (así se denomina a grandes muestras periódicas donde se pueden observar obras de artistas de distintos países, seleccionadas en base a criterios supuestamente artísticos, no comerciales). ArteBA es, por el contrario, una feria, lo que significa que su objetivo esencial es vender las obras expuestas; todo en ella apunta a este fin.
De esta manera, nos encontramos ante un evento para el cual el arte no es otra cosa que un negocio, sin disimulos. En ArteBA los criterios de selección no se refieren a la calidad técnica o conceptual de la obra, al mensaje o expresión que el artista ha puesto en ella, sino simplemente a la ubicación que la obra y su creador tienen, como mercancías, en el esquema de oferta, demanda y especulación del mercado de arte nacional e internacional. En el mejor de los casos, las obras podrán ser juzgadas por un reducido sector de incipientes coleccionistas y compradores de ocasión, más o menos “sensibles”, que elegirán teniendo en cuenta alguna moda en particular, o considerando qué cuadro podría armonizar con los sillones del living.
ArteBA, sin embargo, es sólo un reflejo del perverso sistema de comercialización de obras de arte que impera en el país. El Estado casi no otorga becas, ni subsidios, ni premios a los artistas, quienes de esta manera, si quieren vivir de su producción, quedan rehenes del aparato de ventas dominado por las galerías, que son las que manejan los hilos por los cuales un artista puede trascender y lograr su legitimación en el mercado. En este esquema, las galerías se llevan una comisión del 50 por ciento de las ventas producidas, cifra que puede llegar al 80% si se trata de ferias como ArteBA. Una estafa.
Buenos Aires (Argentina por extensión) carece de un evento integrador del ámbito de la plástica que trascienda la consideración del arte como negocio. El Estado se ha ocupado de desactivar incluso algunos tímidos intentos de generar un espacio ampliado para la difusión de los artistas, sobre todo de aquellos cuyas propuestas, por su sentido de ruptura y crítica, no encuentran en el circuito tradicional del arte una posibilidad de dar a conocer sus producciones. Buenos Aires No Duerme, por ejemplo, fue liquidado. Es por este vacío que ArteBA encuentra una respuesta más o menos masiva (aunque, en este sentido, una entrada de 10 pesos se encarga de dejar fuera a buena parte del público interesado).
Para los hacedores, privados o estatales, de esta ciudad de casinos, máquinas tragamonedas, especulación financiera y prostitución de lujo, la única visión posible del arte es la que lo entiende como negocio.

ErnestoThuta

En defensa de Callejeros

NI LA BENGALA, NI EL ROCANROL...

El procesamiento y embargo dictado contra los miembros del grupo Callejeros constituye un ataque directo contra la juventud. Es un claro intento de descargar la responsabilidad criminal de gobierno y empresarios sobre siete jóvenes trabajadores de la música, habitantes del empobrecido Conurbano bonaerense, cuyo único “delito” fue convocar a sus seguidores a un boliche de la Capital que el sistema capitalista de corrupción y lucro sin límites había convertido en una trampa mortal.
Se trata de orientar la carga de la culpa por la muerte de casi doscientas personas en quienes son, en definitiva, las propias víctimas: los músicos, el público, los trabajadores del rock.
Los argumentos del juez Julio Lucini para procesar a los músicos revelan su animosidad contra la banda. Concluye que Callejeros eran “coorganizadores” del recital en Cromañón junto a Chabán y que “no eran un mero conjunto invitado”, tomando como prueba de esto la inexistencia de “un documento que demuestre que ellos eran simples artistas contratados por Omar Chabán” (Clarín, 4/6). El juez, de manera perversa, utiliza una irregularidad del empresario como argumento contra el grupo.
Callejeros pudo haber tenido “responsabilidad” en el control de entradas, en el montaje del show, en el control del público para que no se produjeran peleas, pero queda descartado que haya tenido un rol activo con relación a los factores fundamentales que desataron la tragedia: el techo con materiales altamente inflamables; las puertas bloqueadas; las coimas a la Policía y al Gobierno de la Ciudad; la habilitación de un lugar que no cumplía con las condiciones de seguridad básicas, por parte del Estado corrupto.
En su argumentación, fuertemente teñida de moralina reaccionaria contra la banda y su público, el juez Lucini llega a decir que, ante la costumbre de encender bengalas en los recitales, la banda debió haber “evaluado la posibilidad de dejar de tocar en vivo”. Es decir, el problema no es que el lugar no estuviera en condiciones, sino que la banda haya tocado allí. Por extensión, Lucini podría decir que también la culpa es del público, que seguía a un grupo en cuyos recitales se encendían bengalas...
El objetivo de todo este aparato de argumentación es, por un lado, licuar las culpas por la masacre, atribuyéndolas en parte al grupo y su público; y por otro lado acusar al movimiento del rock, las bandas y sus seguidores, con vistas a su disciplinamiento y control.
El público del rock, los jóvenes de las barriadas que encuentran en estas bandas una expresión de sus angustias, de sus dolores, y también de sus sueños y esperanzas, al igual que los músicos y otros trabajadores de este ámbito, deben ser conscientes de que el procesamiento y persecución a Callejeros es un ataque que los tiene a todos ellos como blanco.
Ni la bengala, ni el rocanroll: los responsables son los empresarios y el gobierno, la cara visible de este sistema que mata a nuestros callejeros.

Ernesto Thuta